El gales de origen noruego Roald Dahl (1916-1990), uno de los más célebres autores de literatura infantil, tuvo una niñez difícil: su padre murió cuando él tenía cuatro años, y poco después lo mismo sucedió con su hermana mayor. Su educación transcurrió en las a veces crueles condiciones de los colegios privados ingleses de aquel tiempo, lo que influyó de manera notable en un aspecto crucial de su obra; el enfrentamiento entre el mundo de los adultos y el mundo de los niños, con todos esos personajes que se dedican, con meticulosidad de auténticos torturadores, a maltratar a los inocentes infantes. Dahl dijo en cierta ocasión que los padres y los maestros son los enemigos de los niños.
Quizá sea por eso que toda la obra de Roald Dahl escenifica la lucha de la imaginación contra la vulgaridad. A Matilda Wormwood, la encantadora niña de cuatro años y medios con poderes telequinéticos y una insaciable sed por la adquisición de conocimientos que protagoniza esta novela, se la presenta, ante todo, como lectora: así se titula el primer capítulo "La lectora de libros", y ésa precisamente es su característica más asombrosa, mucho más que sus habilidades numéricas y tal vez sólo un poco menos que sus poderes mentales.
Matilda es una niña muy especial, pero es también una delicada y compleja flor que ha crecido en medio de un pantano. Los primeros episodios del libro están dedicados al entorno familiar de Matilda. Veamos: el padre viste camisas y corbatas de colores chillones, es un estafador (truca los coches de segunda mano que vende) y desprecia infinitamente a su hija. La madre es una oronda mujer rubia de bote, que sólo piensa en sus programas de televisión y que incumple sistemáticamente sus deberes para con sus hijos. Mike, el hermano mayo, no tiene más papel que el de ser el preferido por el padre, que ve en él a su sucedor, es decir, un futuro estafador de poca monta. Todos ellos la maltratan –aunque el peor, sin duda, es el padre– y todos presumen de un olímpico desdén por la cultura y los libros. Cuando Matilda le pide a su padre que le compre un libro, éste le contesta:
«¿Un libro? (...) ¿Para qué quieres un maldito libro (...) ¿Qué demonios tiene de malo la televisión?».
En otra ocasión le arrebata a su hija de las manos lo que está leyendo –un libro que Matilda había sacado de la biblioteca– dice que es una «basura» y una «porquería», y lo rompe en mil pedazos. Cuando la deliciosa señorita Honey, su maestra en la escuela, decide visitar a los padres de Matilda para hablarles de su precocísima capacidad lectora, lo que se encuentra es un brusco recibimiento –ha interrumpido el programa favorito de la señora Wormwood– y las siguientes respuestas acerca de «los libros»:
«Nosotros no somos muy aficionados acerca de «los libros», dice el padre. «Uno no puede labrarse un futuro sentado sobre el trasero leyendo libros de cuentos. No tenemos libros en casa».
«No me gustan las chicas marisabidillas», dice la madre. «Una chica debe preocuparse por ser atractiva para poder conseguir luego un buen marido. La belleza es más importante que los libros».
Pero Matilda no es precisamente una niña indefensa. Tiene sus armas contra su vulgar padre, al que hace más de una travesura. Primero, le pone pegamento en el sombrero, y se le queda tan pegado a la cabeza que no se lo puede quitar e incluso tiene que dormir con él. En otra ocasión, pide prestado un loro, al que oculta en la chimenea, para que asuste con su voz a sus padres; finalmente, vierte el tinte rubio platino de su madre en la loción capilar de su padre: el resultado es indescriptible, aunque muy a tono con las hilarantes chaquetas y corbatas que lleva el señor Wormwood.
La segunda parte de la novela comienza cuando Matilda empieza a ir al colegio. Matilda va a la Escuela Primaria Crunchem, otro lugar donde la imaginación –la señorita Honey– también ha de luchar contra la mediocridad y la ignorancia –la señorita Trunchbull. Ya desde el primer día en el aula, Matilda se gana la admiración de su maestra, la señorita Honey, gracias a su dominio de las matemática (Matilda es capaz de realizar multiplicaciones complicadas de modo instantáneo) y a sus lecturas (decididamente, no es normal que una niña haya leído a Dickens y a Hemingway). Sus compñaeros de clase aún no han aprendido a leer y no se saben las tablas de multiplicar, así es que el caso Matilda es tan extraordinario que la señorita Honey se decide a hablarle del asunto a la directora de la escuela, la temible señorita Trunchbull.
Este personaje merece una descripción aparte, pues en él se compendian la crueldad, el egoísmo y la maldad más pura.
La señorita Trunchbull tortura a los niños. Literalmente. A los que se portan mal, aunque no es un requisito imprescindible, los encierra en un armario estrecho que tienen vidrios y clavos en las paredes y en la puerta, durante horas y horas. O agarra a una niña por las coletas y la lanza a varios metros de distancia. A un niño que le había hurtado un trozo de pastel de chocolate le obliga a comerse ante todo el colegio una gigantesca tarta. No es de extrañar que los niños sientan auténtico pánico.
Una vez por semana, acude a la clase de Matilda para comprobar los progresos que hacen los alumnos. En realidad, lo único que se comprueba a la estupidez de la mujer, que no soporta la merca existencia de los niños. Por supuesto, la señorita Trunchbull no cree en absoluto que Matilda sea un genio, sino que le parece -ya se lo había advertido el señor Wormwood- una niña despreciable a la que hay que vigilar muy de cerca.
Matilda tiene una amiga en clase, Lavender, a la que también le gustan las travesuras. Un día, se decide a gastar una broma a la directora. Como es la encargada de ponerle la jarra de agua y el vaso que la señorita Trunchbull exige, me un renacuajo que ha capturado en la jarra. El resultado es el esperado: cuando la directora va a servirse agua, lo que cae al vaso es el renacuajo. La señorita Trunchbull culpa a Matilda, y así comienza la tercera parte de la novela, la parte mágica.
Matilda, como todos los niños, tiene un agudo sentido de la justicia, y no puede soportar que la acusen de algo que no ha hecho. Tan furiosa está, que de sus ojos empieza a brotar una energía que hace volcarse el vaso de agua sobre el regazo de la directora. Es la primera manifestación de los poderes de Matilda, aunque de momento lo mantiene en secreto.
Entre la señorita Honey y Matilda se produce una corriente de simpatía que hace que se conviertan en amigas. Un día la señorita Honey invita a Matilda a merendar, y entonces la niña puede comprobar el estado de pobreza en el que vive su maestra. Su historia es trágica: su madre murió cuando ella era pequeña, y la cuidó su padre con ayuda de una tía. pero el padre también murió, y su tía resultó ser una malvada: se quedó con su casa y le quitó a la niña cuanto poseía. Cuando ella se hizo maestra, también se quedó con su sueldo, y ahora la señorita Honey se ve obligada a vivir en una mísera casa sin apenas dinero. La tía de la señorita Honey es la señorita Trunchbull. Pero Matilda no va a dejar que las cosas sigan así. Tiene un plan.
En una de las visitas de la señorita Trunchbull a la clase, Matilda utiliza sus poderes de telequinesis para hacer que una tiza empiece a escribir en la pizarra: lo que se lee es un mensaje de Magnus, el difunto padre de la señorita Honey, en el que exige a Ágata -el nombre de pila de la malvada directora- que devuelva a su hija lo que es suyo. La señorita Trunchbull huye espantada y no se vuelve a saber de ella.
Y no es la única que huye: la familia de Matilda también lo hace, pues se han descubierto los manejos ilegales del padre. Ante el escaso aprecio que sienten por su hija, no ponen ninguna objeción a que Matilda se quede a vivir con la señorita Honey.
La novela pone en fuga lo vulgar, y lo hace gracias a los poderes de la imaginación, la inteligencia y una bondad muy dickensiana. Lo que los niños pueden aprender de esta lectura es que, si bien el mundo de la infancia no está libre del horror y del miedo (motivo que Roald Dahl hereda directamente de las novelas de Charles Diickens), la voluntad, la ternura y el conocimiento van a ser siempre poderosos aliados. Y, por supuesto, el sentido del humor. Roald Dahl cree que es un ingrediente fundamental de la literatura infantil, y lo mismo cree Matilda, que, comentando un libro de C. S. Lewis, dice: «Creo que es... un escritor muy bueno, pero tiene un defecto. En sus libros no hay pasajes cómicos». En Matilda sí que los hay, y abundantes. Incluso en el infierno en el que la señorita Trunchbull ha convertido la escuela encuentran los niños motivos para seguir riendo.
de la obra LIBROS: TODO LO QUE HAY QUE LEER de Christiane Zschirnt

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