Con todo y su rango de tío, que era casi como el de coronel del ejército, y sus canas que lo hacían tan respetable como un arzobispo, don Julio Ernesto no pudo impresionar a Charlito, que le daba por el ombligo y tenía cuarenta y ocho años menos que él. Charlito no sabía ni siquiera qué quería decir su propio nombre. Un nombre era para él una cara y nada más. Pero cuando su tío le preguntó si no creía en la inteligencia de Marcané, un nombre que Charlito no podía relacionar con ninguna cara conocida, el condenado muchacho hizo un comentario que dejó a don Julio Ernesto tan disgustado como si una avispa le hubiera picado en la punta de nariz. “Muchacho del diablo”, dijo, “vete a fuñir a tu mamá”; y se paró y se fue caminando tan deprisa que parecía que algún animal invisible, pero más poderoso que un tractor, le había dado un empujón que lo hacía caminar a saltos.
Lo que molestó a don Julio Ernesto fue que todo el mundo le celebraba su don de inventar cuentos en los que sucedían cosas absurdas, que nadie podía creer, y esa fama se le vino debajo de golpe cuando Charlito le contestó como no podía esperarlo, a su pregunta de qué le parecía lo que estaba contándole: “¿Verdad que no hay en el mundo quien sepa tanto como el brujo Marcané¿”
El brujo Marcané era la última invención de don Julio Ernesto. Lo había inventado segundos antes, casi en el instante mismo en que el sobrino le pidió que le contara un cuento; y a medida que iba inventando a Marcané y su historia, don Julio Ernesto iba sintiéndose orgulloso de lo que se le estaba ocurriendo. Era verdad, pues, lo que decía su mujer: “Julio Ernesto, no sea así, que a tus años no te luce”.
Don Julio Ernesto tenía a Charlito entre las piernas y le hablaba de esta manera:
“Ese Marcané era el diablo, sobrino. Un día salieron de Jimaní dos guardias para llevárselo preso, pero Marcané tenía el poder de ver lo que sucedía aunque fuera a cincuenta kilómetros y además de saber qué pensaba la gente por lejos que estuviera. Ese día, desde que vio a los guardias, dijo: Vienen a buscarme, pero no van a encontrarme porque voy a volverme becerro para que no me conozcan. Sin embargo, acabando de decir eso pensó: ¿Y si tienen hambre y me matan para comerme? No, mejor me vuelvo mata de mangos. Y ya iba a hacerlo cuando recordó que esos días eran de cosecha de mangos y los guardias podían tirarle piedras y palos para tumbarle los mangos y él iba a quedar apedreado y apaleado”.
Hasta aquí llegó don Julio Ernesto, y al dejar de hablar bajó la cabeza para mirarle la cara al sobrino, que seguramente estaba embobado oyendo esa historia tan bonita, esa invención maravillosa de su tío. Pero Charlito estaba como si tal cosa y no daba señales de que le interesara el cuento. Por lo visto, su sobrino no tenía la capacidad que hacía falta para comprender lo que él decía.
“No te parece que Marcané sabía mucho, Charlito”, peguntó
El tío pensó que su sobrino era medio bobo y que él estaba perdiendo su tiempo al ponerse a inventar a Marcané para divertirlo, y que no valía la pena seguir inventando cuentos como ése. Pero de todos modos tenía que responder a la pregunta de Charlito, y lo hizo de esta manera:
“Oh, porque fíjate, no quiso volverse becerro para que no se lo comieran ni quiso volverse mata de mangos para que no le tiraran piedras y palos. ¿No te parece que eso indica que era muy inteligente?”
Entonces Charlito se viró y miró a su tío de frente, a los mismos ojos, y habló así:
¿Pero tío, eso lo hubiera hecho cualquiera, hasta yo que no sé nada. Inteligente es Supermán. Si hubiera sido Supermán, levanta los brazos y sale volando y va a parar a Nueva York, adonde no podían ir los guardias”.
Don Julio Ernesto se sintió como si le hubieran dado una galleta que le calentó la cara; se paró, puso a Charlito a un lado, y entonces fue cuando dijo: “Muchacho del diablo, vete a fuñir a tu mamá”, y en el acto se fue, cruzó el comedor, se metió en la sala y ya iba saliendo hacia la calle cuando alcanzó a ver el televisor. Ah, el televisor… y de golpe se dio cuenta de que el mundo había cambiado mucho en veinte años; había cambiado tanto que ya no eran el papá, el maestro o el tío los que educaban a los niños. Eran esos cajones con vidrio, y en ninguno de ellos había salido ese brujo haitiano llamado Marcané que él, Julio Ernesto Cuevas, había inventado hacía unos minutos a base de las historias de bacáes y galipotes que oyó contar cincuenta años atrás.
“El televisor es el culpable”, dijo, como si el televisor hubiera aparecido en esas regiones fronterizas llevado por el poder mágico que él le atribuía al brujo Marcané, que por cierto ya había desaparecido de su mente como si lo hubiera borrado una mano invisible.
Dos horas después, Charlito le respondía a su madre que le había preguntado por el tío Julio Ernesto:
“Mamá, tío está pasado de moda. Vino a contarme un cuento de un haitiano que se llamaba Yonosé, que se volvía becerro y mata de mangos, y yo le menté a Supermán y se puso bravo y se fue”.
La madre lo miró largamente, con ojos sin expresión; después de levantó, le dio a un botón del televisor, manipuló otros botones para que las figuras no se vieran borrosas, y cuando en la pantalla se formó la cara de Chapulín Colorado dijo con voz que parecía salir de una cinta grabada:
“Entreténte con esto, Charlito, mientras yo hago una diligencia.
Charlito no la vio salir porque había pasado a vivir con toda el alma una nueva aventura, de las muchas que llevaba a cabo su querido “Chapulín Colorado”.
JUAN BOSCH
Santo Domingo, 11 de mayo de 1979.
Escribo a petición de Manuel Rueda, 18 años después de haber escrito “La mancha indeleble”.

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